Ver agenda

Mira a tu alrededor.

Ahora cierra los ojos y dime lo que ves.

¿Te has fijado bien?

Lo que piensas ahora es lo que recordarás.

¿Crees que podrás guardarlo para siempre en tu cabeza?

Abre los ojos y mira otra vez.

Así está mejor.

Tómate tu tiempo. Haz zoom en los detalles.

Porque tal vez nunca más vuelvas a ese lugar.

No crees que pasará, pero tampoco lo sabes a ciencia cierta.

Realmente, ninguno de nosotros puede saberlo.

Siempre hay una primera vez para todas las cosas; la primera vez que vemos o hacemos algo. Yo lo llamo la suerte del novato, y te preguntarás por qué.

Cuando estaba en mis veinte, iba siempre con prisas. Era de las que pensaba que el tiempo no se recupera jamás. Así que hacía todo lo que podía y más allá. Tenía la cabeza como una centrifugadora: obligaciones, prisa, rutina, distracciones mil. Me ardía la agenda entre las manos. Yo quería hacerlo todo y por encima de todo:

Para mí estaba prohibido perder el tiempo.

Era un conejo blanco de manual; vivía convencida de que el tiempo era lo más valioso.

Y entonces, sucedió.

Perdí la vista.

Fueron cuatro años en los que pasé por una enfermedad difícil en la que se me iba la vista a ratos. Fundidos a negro intermitentes, cuando menos te lo esperabas. Para mí era como estar en el cine y no saber cuándo se iba a caer la luz.

Vivimos en un cine, y no nos damos cuenta.

La primera vez que me pasó, pensarás que sentí mucha angustia pero, ¿Sabes qué recuerdo tengo de ese momento? El profundo arrepentimiento de no haberme fijado antes mucho más en los detalles de todo lo que me rodeaba; desde lo más banal a lo más insólito.

La suerte del novato solo te llega una vez .

Con los años, ya voy mejor de lo mío, pero toda aquella experiencia dejó en mí lecciones muy valiosas.

En primera lugar, entendí que estaba equivocada en todo ese asunto de la productividad. Descubrí que hay algo todavía mucho más poderoso que el tiempo: el recuerdo.

Un recuerdo puede ser eterno si te tomas tu tiempo en construirlo.

Y vaya si merece la pena: yo aprendí que el recuerdo es lo único que nos queda cuando ya no nos queda nada.

Los recuerdos son lo más valioso de nuestras vidas.

Pasados cinco, quince, treinta años ¿Qué es lo que nos queda?

¿Los has guardado bien?

Pocos se fijan en las pequeñas cosas, pero todos sabemos que son precisamente los detalles los que marcan absolutamente la diferencia.

Durante aquellos cuatro años aprendí a observar los pájaros, las flores, las baldosas de las calles, las cornisas, los rostros de la gente. Aprendí a mirarlos a todos con una atención como si no fuera a volver a verlos nunca más en la vida.

Y descubrí cosas increíbles.

De repente, descubrí un mundo nuevo.

A lo largo de los años muchas cosas han cambiado… otras, no tanto. Pero hay que fijarse muy bien en ellas para descubrirlas. Hay que abandonarse durante unos instantes a la vida contemplativa, con inciertos resultados. Hoy vivimos en un mundo tremendamente rápido en el que pocos lo hacen. Demasiado ocupados, pocos somos los valientes que le ponemos freno a este sin Dios que es vivir.

Yo fui afortunada, porque aprendí a tiempo que la clave no está en lo que ves, sino en cómo lo miras.

Patricia Sáinz Buendía

Guía Oficial de Turismo de Cantabria (Nº Registro 267). Historiadora. Pajaróloga aventurera en mis ratos libres.